sábado, 23 de enero de 2010

Fà-fa'arh

“Lo hiciste bien, muchacho”

Las paredes rojas del nicho se comenzaban a cerrar

Yo aterrado no sabía en qué más pensar que no sea la forma de huir despavorido de aquel intenso lugar.

Caminaba angustiadamente, entre el fango dejado de la lluvia y los hedores dejado por los animales devorando.

Entré de inmediato al bar de Antón. Las sillas estaban desordenadas y parecía que algún tipo de ritual orgásmico se había realizado allí. Tomé asiento y puse mis ideas en su lugar, pidiendo dos tragos de los más baratos que pude encontrar. Un curioso lugar para una taberna, al lado de un motel y al costado de un cementerio. Agarré el desgastado periódico de hace dos días y me fije en aquel titular sangriento que apareció en las noticias. “¿Huir, quedarme o pensar?” Todo quedaba en mi mente, luego de que el día de ayer me encontrara con esta odiosa criatura, saliendo de los hedores de aquellos cadáveres dejados al azar. Aproximadamente dos metros y medio de alto, con una contextura de un tronco de caoba, de los vistos por mis viajes por aquella recóndita selva amazónica. Su piel era blanquecina llena de estas ampollas verdes rodeando todo lo que podría llamar pecho. No tenía cuello y algo q se asemejaba a una cabeza salía bruscamente de su tronco. Unas espinas, más largas mientras se acercaban al ápice del cuerpo, rodeaban todo este órgano cefálico. Tenía una boca en la parte media de la cabeza, compuesta por cuatro labios que juntos formaban una cruz. Sus ojos parecían estar en la cara interna de cada labio, pero no podría asegurar que así sea. De cada lado del torso nacía un brazo de aspecto humanoide, que terminaban en una especie de órgano copulador. No poseía piernas y se arrastraba cual sanguijuela hambrienta. Lo que no me puedo sacar de la mente es la imagen de este “apéndice” insertado cerca de lo que llamaría ombligo. Me sorprendió que respondiera alguna de mis preguntas, y si mal no recuerdo, me respondió que se encontraba ahí desde siempre, copulando hasta morir. Todo este ser poseía cabezas humanas clavadas en el total de su torso, cabezas que parecían haber sido arrancadas de su cuerpo solo algunas horas antes.

Parecía un ser muy culto y me sorprendió que luego de unos minutos adquiriera una forma humana por la cual poder comunicarnos de mejor manera. Era totalmente humano, a excepción de su juguetón “apéndice” que ahora escondía debajo de una roída chaqueta de cuero.

Luego de preguntas tras preguntas irrelevantes, y que solo hacía para ganarle más tiempo a mi vida, el ser me enseñó un pequeño pedazo de papel, escrito en lapicero (probablemente escrito ya hace más de una década, a decir por la marca y textura del papel que no se veía hace mucho). En él podía leer:

Entre penumbras y susurros

Se esconden pocos augurios

Para los que como muchos

Dejaron el camino a ninguno.

Abandonan emociones

No buscan desazones

Y lo muerto...por muerto da.

Los que tan solo conocen desdicha

De haber dejado todo seguro ya

Deberían darme sus cabezas

Pues sus cerebros ya no sirven más

Entiendan que por salvarse

Se entregan a lo que no saben

Pues lo que saben

Los destruye más

Pues liberaron preciados deseos

De control y tal vez desenfreno

De seguir viviendo

Decidiendo sueños

En vez de apática tranquilidad

Sus cabezas ya no sirven

Ni en un postre bien servido

Y no dudo que algún día

Tuvieron decencia

Tuvieron hombría

Así que los aprovecho

Y conservo muy fresco

Retornándoles la delicia

De los buenos días

De las grandes noches

De las buenas decisiones.

“Por lo menos tú prestas atención a los detalles, muchacho” me dijo aquel ser, que ahora parecía más amigable. Antes de dejarme en las puertas de mi departamento, me dijo que no creyera en la buena suerte, pues nuestro encuentro se volvería a repetir. Luego, pronunció unas raras palabras, provenientes tal vez de alguna lengua extinta que nunca llegaré a conocer. Ahora era su conector con este mundo no infame, divertido y con menos oscuridad que las profundidades. Me hizo jurar que no escaparía a estas visitaciones y que, en caso de romper el juramento, pues ya sabía en donde iba a parar mi cabeza. Dicho esto, se fundió entre la oscuridad y los faros de la medianoche, transformándose en una masa protoplásmica que pareciera siempre haber estado ahí.

“Tengo miedo Antón. No entiendo que haré desde ahora” “Al parecer te has tomado unas copas de más y por lo dicho eres una especie de sacerdote, conector entre su mundo y el de aquí” “Al parecer, tú lo has dicho. No quiero regresar de nuevo, pero ya sé donde parará mi cabeza si lo hago de nuevo” “Vamos joven, no hay de qué preocuparse. Todo está en su cabeza y, mientras no se deje llevar por lo que su amigo no quiere que se convierta, todo ira bien” Tomé una copa, y otra y tal vez dos secas más. Me paré dispuesto a evitar por una noche, desde hace sesenta noches, a aquel amigo indeseable. Pagué la cuenta, me despedí de Antón que no dejaba de mirarme de una manera extraña, arrimé el apolillado asiento y mientras me dirigía hacia la puerta un extraño e impaciente susurro invadió mi oído, desde mi espalda hasta mi espíritu: “lo hiciste muy bien muchacho, ahora que descanse tu cabeza de esta noche de proeza”.