Estaba sentado en la mitad del alba, sabiendo que en pocas horas estaría sentado tragandome más de la vida común, esa que tu no entiendes pero que la dejas pasar. En medio de un cuadro impresionista, con una guitarra y un poco de inspiración, sentía la soledad que tiempo atrás no había sido problema. Con algunos trastoques de pasión, lujuria, pero algo de amor, no sentía la falta de algo, aunque en medio de todo siempre era un objeto más. Mientras mayor era el alejamiento en que me encontraba y mientras más felicidades vivía y pasaban como un dulce brisa, la vida del músico que llevo adentro crecía un poco más. El reflejo en el agua me hace recordar, que en muchas ocasiones solo no quería estar. ¿Una compañía? Tal vez dos. ¿Quién dice que nuestra vida es pura felicidad? Si todo fuera felicidad ni un arte existiría. No hay felicidad plena, eso lo saben todos ya.
¿Te atreves a llamarme emo, punk, metal, gótico o tantas otras corrientes que hay? Solo te digo que soy la música. Solo te digo que renuncié a una felicidad mantenida a través del tiempo. Estudiar, trabajar y tener familia estable no es para mi; y no es que no lo desee, porque muchas veces canto a la felicidad idílica que añoro dentro de mí. Es normal, ¿no lo crees así? Renuncio poco a poco a ello, pero algo de satisfacción me da: el poder siempre tener ganas de cantarle a algo nuevo, con algo que sufro, con algo que muero; pero también con algo que rio, con algo que vivo.
Pero aún me queda una pregunta ¿Habrá un amor que no detenga mi alma musical, que no la asiente en un conformismo de felicidad, pero que, sin embargo, me haga volar como lo hace con los demás?
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