domingo, 26 de octubre de 2008

Y luego..aún no lo sabía

Su palpitar aún estaba acelerado; sus ojos se encontraban desorbitados; su cuerpo aún temblaba como lo hizo segundos antes la tierra que acogió su precencia y que había destruido sus sueños tal como su morada había sucumbido ante tal remesón. Angelica estaba en pánico, pero sin rasguño alguno.
Pudo abrirse camino entre los escombros de su techo caido y que había aplastado a su única y querida mascota. No pudo contener su lagrimas ante su vientre abierto y su rostro lleno de desesperación, como queriendo aún huir sin saber que ya estaba muerto. No había tiempo para llorar, ella sólo trataba de salir de entre tanta destrucción.
Rompió su puerta de madera y pudo ver un poco de la luz del ocaso. Por un momento, Angelica contuvo la respiración y mantuvo sus ojos abiertos como si algún ser fuera de esta dimensión haya parado la imagen para deleitarse ante la nefasta imagen de dolor y destrucción.
El tiempo siguió su curso y junto con él trajo en sí a Angelica. La calle no estaba agrietada, mas el silencio sepulcral traía consigo algo diferente. Avanzó por la pista poco a poco para saber si había alguien con su misma suerte. Pasó por la casa de aquel vecino tan guapo que tenía que siempre salía a trotar todas las mañanas. Se aventuró a entrar, tocó la puerta y el viento la abrió. Un jardín para ella desconocido le dio la bienvenida y una pequeña sorpresa: el cadáver del bello joven tirado en el cesped. Sus quince años no soportaron tanta horrorosidad y salió corriendo de la casa. "No todo esta perdido, todo va estar mejor" es lo que se repetía en la cabeza. Ella era muy buena en eso y siempre se lo decía a las personas que ella quería. Ahora le tocaba a ella, pero ¿sería lo suficientemente fuerte para seguir?
La calle seguía y las anomalías se acentuaban: unos edificios caídos interrumpían la vía central. Su cara desanimada y su puño apretado eran signos de que no podía encontrar un camino para seguir. Vio la tienda de Tomás y entró para ver si ya dentro se le ocurría alguna forma de salir. Se sento en aquella silla de plástico gastado y buscando con su mirada la solución encontro otro cuadro más penoso pero aterrador. Anton estaba arrastrandose en el suelo con las dos piernas ensangrentadas. Había reconocido la voz de Angelica y se acercaba a ella para pedirle un poco de ayuda. Ella vio con asco sus heridas, pero su amistad fue mayor y, con lágrimas en los ojos por la tenue voz de Anton, estiró la mano para coger la suya. Su cráneo partido se levanto en dirección a ella y sus pupilas encontraban el calor en su rostro. Angelica toco la mano de Anton...y al segundo después...Antón murió. Soltó rápidamente su mano y salio con paso apresurado de la tienda. Sus manos frotaban sus ojos tratando de borrar el llanto. Sus prematuros años no le habían enseñado a ver morir a la gente.
La noche se acercaba y aún no lograba salir. Con los alimentos de la tienda y una casa desocupada de sus muertos, Angelica improvisó un refugio al aire libre bajo las estrellas, pues no su diaria rutina había muerto y dormir en una casa ya no era concebible para ella.

LLegó un nuevo día y, con la mente más fresca, decidió salir de la calle. Se acordó de una vez en la que había jugado con María en la tienda de Tomás y llegó a su mente la puerta trasera que daba a la calle paralela. Entró al recinto, pasó el cadáver de Anton, tropezó con el de su amiga María y logró salir sin problemas.
No fue alentador del todo encontrar otra casa derribada y muertos en la pista. Volteó su cara por terror y asco ante la putrefacción imperante en el ambiente. Entre la gente reconocío a Teresa y su ex enamorado José. Las lágrimas comenzaron a salir, pero fueron menos intensas que el día anterior. Despejó la ruta y enterró a sus dos amigos. Avanzó hacia el norte donde sabía que su peculiaridad se convertiría en algo común.
Los muertos no abundaban, tal vez porque algunos estaban en sus casas, tal vez porque aún seguían vivos. Cada vez que hallaba un muerto lo trataba de reconocer y otras veces simplemente trataba de obviarlos.
Al llegar a las afueras de su colegio encontró a otro de sus mejores amigos malherido en la calle; tal vez si ella hubiera ido ese día también estaría muerta. Él no la vio, pero ella corrió a darle una mano porque vio que tropesaría. No logró su cometido, lo tocó pero aún así él cayó. Una pequeña caída para ella. Lo levantó y simplemente ya no respiraba. Ella no podia creerlo, la escena con Anton se había repetido y los efectos fueron peores, pero no duraron tanto como esa vez.

Su camino los días siguiente se dirigieron siempre al norte, pero las escenas de muerte se repetían. Cada vez que tocaba a alguien, esa persona simplemente moría. No podía entenderlo, al igual que no podía entender porque cada vez las lágrimas tardaban más en salir. Todo esto se mantuvo hasta que en un amanecer, en frente del centro comercial más importante de la ciudad, lo vio con toda claridad. Sus penas se habían consumido, sus terrores ya no estaban más y con todo eso vio la razón del porque la gente moría por su simple voluntad de ayudar. Sus manos eran las armas de aquel amigo que la había acompañado en todo su viaje, aquel amigo que le había enseñado a ya no llorar, a pensar más y a conseguir como sobrevivir. La muerte había sido el amigo en sus momentos más dificiles. Había algo tan extraordinario entre tanta mundanidad. ¿Mágia?¿Leyenda? Nada de eso. Quitar la vida siempre había sido su camino al final del sendero de una niña normal. Y con lo que pensaba que era su infortunio, debería avanzar sin defraudar a su mejor amigo.
Su nueva mirada, su nueva sonrisa, sus nuevos ánimos de vivir por fin eran los signos de lo que debía de seguir. Si había sido un alma del común en su vida antes de esto, ¿porque no ser una persona sin alma sin igual, luego de esto?

Su nuevo sendero siguió siendo el norte, pero con un truco en la mano y una nueva alma en su mirada, empezó a labrarse un destino que no era la de un simple humano.

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